Me sonrió, burlona, ella había encontrado una posición cómoda: "Tienes que poner la mano aquí". Sin dejar traslucir un ápice de mi obvia extenuación obedecí, y aún pude esbozar una mueca de desafío. Por un segundo en su rostro se reflejó la desilusión. "Ahora tú."
Lo intentó –já– pero perdió el equilibrio y se derrumbó, arrastrándome con ella. tendidas en el suelo, tardamos varios minutos en recuperar el ritmo de la respiración. Sentía cada músculo en tensión, punzante dolor en cada terminación nerviosa, la sangre sacudiendo furiosa mis arterias.
